lunes, 7 de noviembre de 2011

El Porfiriato



Es el período de 34 años en el que el poder en México estuvo bajo control de Porfirio Díaz. Este período comprende de 1876 (al término del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada) a mayo de 1911, cuando Díaz renunció a la presidencia por la Revolución encabezada por Francisco I. Madero, Francisco Villa, Emiliano Zapata y los hermanos Flores Magón. Durante el gobierno del general Porfirio Díaz se dio un giro en la actividad política nacional, puesto que logró de una vez por todas, a diferencia de los años anteriores, controlar de manera efectiva al Ejército. El Porfiriato también fue un periodo que provocó grandes desigualdades entre la población mexicana; pues la estabilidad económica y política generada en esos momentos sólo beneficio a un pequeño grupo y además de la supresión de numerosas libertades civiles de la época.





 La construcción de ferrocarriles

Durante su gobierno se reinició la construcción de los ferrocarriles y se tendieron más de 5 mil kilómetros de vía férrea en cuatro años. En marzo de 1884, ya se podía ir en ferrocarril de México a Chicago. Las compañías norteamericanas aprovecharon las ventajosas concesiones que habían firmado con Díaz. Al trazar los ferrocarriles impusieron, desde entonces, sus intereses, aprovecharon su fuerza y su capital para trazar las líneas ferroviarias hacia la frontera norte, sin pretender comunicar las regiones del país que más lo necesitaban, ni mucho menos conectar por medios ferroviarios las costas mexicanas de ambos mares. Para acelerar la construcción de las vías férreas el gobierno otorgó subsidios a las compañías constructoras, sentando las bases para una crisis de las finanzas públicas que se abatiría sobre el gobierno de Manuel González en la segunda parte de su mandato.
La Primera Reelección

Al ascender por segunda vez a la presidencia, este continúo la política que caracterizaría a su prolongado gobierno: represión a la disidencia y a los movimientos populares, apertura al capital extranjero, centralización del poder, impulso al capitalismo dependiente.
En el terreno político introdujo algunos cambios, producto de su experiencia en el ejercicio del poder. Se cuidó muy bien de impedir que surgiera una figura política que le pudiera disputar el poder.
En este periodo en forma decidida aplico el que iba hacer el lema de su gobierno “Poca política y mucha administración”. Con ello buscaba que el esfuerzo de los grupos que perseguían el poder se canalizaran en la administración pública y que dejaran aun lado las disputas por la presidencia, lo cual solo podía llevarse a cabo si se incorporaban a ella.
La Política Económica.


La vinculación de México al mercado mundial lo hizo más vulnerable a las crisis económicas del capitalismo. En 1885 continua­ba la crisis iniciada dos años antes, mas tarde, en 1892 volvía a presentarse la recesión, y luego seguiría otra en 1905 y, la más grave en 1907-1908. Los efectos de las crisis era la disminución de la actividad económica, el aumento del desempleo, la baja en los precios de los productos de exportación, la restricción de los ingresos del gobierno y de su gasto. Para enfrentar las crisis se reducieron los gastos públicos, se aumentaba o creaban nuevos impuestos, se reducieron los salarios de la burocracia, se suspendía temporalmente el pago de los subsidios a los ferrocarriles y la deuda interna.
Sin embargo, en la crisis de 1884-1885, estas medidas no fueron suficientes, entonces el gobierno de Díaz decretó el reconocimiento de la deuda inglesa, en febrero de 1886, para tratar de recuperar el crédito internacional. La nueva negociación fue peor que la hecha por el régimen de González, la deuda aumentó y llegó a casi 100 millones de pesos, contra los 86 que se había negociado antes. Con mano dura se reprimió cualquier intento de protesta fueron a la cárcel estudiantes y periodistas.
La crisis económica iniciada en 1891 disminuyó la popularidad del gobier­no. Se combinaron la crisis capitalista mundial, un mal año de cosechas, la disminución del precio de la plata en el mercado mundial, la inflación, los subsidios a los ferrocarriles, la descapitalización del país, la retracción del capital extranjero, “ las causa de la catastrófica crisis de 1884 que volvía a presentarse infaliblemente en 1892”.
La Reelección Permanente


Cuando Díaz promueve su tercer mandato presidencial, a logrado constituir un amplio bloque en el poder constituido por los terratenientes, los banqueros, los grandes comerciantes, los industriales, el clero, los militares y el capitalismo extranjero y sus representantes. Las disputas entre las fracciones de la burguesía no desaparecieron, pero se subordinaron a la solución que da el presidente, convertidos en el juez de estos conflictos. Presentando como logros, los apoyos obtenidos del capital extranjero, la relativa paz social, la establecida política, la reconciliación de los grupos liberales, Díaz logró reelegirse.
Una cámara de diputados integrada desde 1886 por incondicionales del régimen y que había renunciado a todo asomo de independencia y dignidad política, aprobó la modificación de la Ley para permitir una reelección más en 1887, toda vía no era la reelección indefinida, pero esta se logró al poco tiempo en Mayo de 1890 después de realizar un plebiscito a todas luces amañado.
Al ascender por segunda vez a la presidencia, este continúo la política que caracterizaría a su prolongado gobierno: represión a la disidencia y a los movimientos populares, apertura al capital extranjero, centralización del poder, impulso al capitalismo dependiente.
En el terreno político introdujo algunos cambios, producto de su experiencia en el ejercicio del poder. Se cuidó muy bien de impedir que surgiera una figura política que le pudiera disputar el poder.
En este periodo en forma decidida aplico el que iba hacer el lema de su gobierno “Poca política y mucha administración”. Con ello buscaba que el esfuerzo de los grupos que perseguían el poder se canalizaran en la administración pública y que dejaran aun lado las disputas por la presidencia, lo cual solo podía llevarse a cabo si se incorporaban a ella.

Por cuarta vez el genera Porfirio Díaz, rinde la protesta de ley ante el Congreso de la Unión como Presidente Constitucional.
A partir de 1890 Don Porfirio no tendrá adversario. Sus métodos de gobierno, modificados y afinados por 13 años de poder se caracterizaban por dividir a sus colaboradores, enfrentarlos a poyar a uno y a otro por de bajo del agua, rechazar a los que resaltaban elevar a sus opositores.
Para garantizar su reelección, Díaz a poyo la fundación de la junta Central Porfirista, en 1891, que más tarde se convirtió en la Unión Liberal, que celebró en 1892 su Convención y propuso la reelección de Díaz, pero la condicionó recomendando también la observancia de cuatro libertades democráticas: sufragio, asociación, prensa y justicia.
El poder político se había concentrado en un reducido grupo, se había formado una oligarquía que dominaba al país con mano de acero. La partici­pación de otros sectores sociales en puestos importantes de la administración pública estaba totalmente excluida. Al contrario no había ninguna movilidad en los integrantes del gobierno.
Aunque las apariencias de un gobierno republicano se conservaron, como lo señalaba Díaz al periodista Creelman en 1908: elecciones periódi­cas, existencia de tres poderes, régimen federal, nada de esto funcionaba conforme a sus principios.
Aunque republicano el gobierno funcionaba como una monarquía, las elecciones eran una farsa, el poder legislativo y el judicial estaban formados por incondicionales del dictador, la soberanía de los estados no existía en los hechos. Una burocracia inamovible gobernó desde entonces. El Senado fue un asilo de exgobernadores y generales seniles. Había cierta dificultad para ser diputado o senador, pero una vez alcanzado el puesto todo era fácil. Desde 1888 se acabó la historia política nacional y local.
­A pesar de las muestras de oposición, de la crisis económica, de las denuncias de periodistas valerosos como Daniel Cabrera, Antonio Rivera y otros, el aparato político electoral y represivo del porfirismo ya había alcanza­do un alto grado de eficacia. Se llevó a cabo la nueva reelección para el periodo 1892-96.
Desconfiado, Porfirio Díaz mantuvo una relación contradictoria con los “científicos”. Al mismo punto que lo utilizaba para conservarse en el poder, trataba de limitar sus ambiciones políticas y restringir su fuerza. En ocasiones le otorgaba privilegios, pero luego promovió campañas en su contra a pesar de este doble juego, las fuerza de los científicos fue en aumento y en la primera década del siglo pasado influyeron decisivamente en las orientaciones del régimen.

El Auge Económico Del Porfirismo.


La recuperación de la crisis mundial se tradujo en mayor demanda de los artículos nacionales de exportación y aumento de la inversión extrajera en el país. El periodo de 1894 a 1906 fue, en general, una etapa de crecimiento económico. La situación favorable en lo general facilitó la reelección del general Porfirio Díaz para un nuevo periodo: 1896-1900. Sin embargo, era creciente la preocupación por garantizar la continuidad del régimen en el caso de que muriera Porfirio Díaz, quien cumpliría 70 años al concluir ese periodo.
El general Díaz le ofreció, privadamente, la presidencia a Limantour afirmando que no se reeligiría en 1900. Díaz le propuso colocar en la secretaría de Guerra a un general prestigioso que lo apoyara y le fuera leal. El dictador Porfirio Díaz pensaba en el general Bernardo Reyes, goberna­dor de Nuevo León. Este se había distinguido en la represión a los bandoleros y a los indios rebeldes del norte. Como gobernador había sabido atraer capitales extranjeros a Nuevo León, particularmente a Monterrey, había impulsado la industria nacional y presentaba la imagen de un militar serio, responsable y buen gobernante. SIn embargo, el dictador no se había resignado a abandonar la presidencia. Tampoco los grupos políticos rivales de los "científicos" estaban dispuestos a aceptar a uno de ellos en la presidencia. Mientras estaba en Europa Limantour, Joaquín Baranda, Secretario de Justi­cia e Instrucción Pública y enemigo, de los "científicos", elaboró un dictamen afirmando que Limantour no podía ser presidente porque sus padres no eran mexicanos, como lo establecía la Constitución. Tal dictamen fue aprovechado por el general Porfirio Díaz para no cumplir el ofrecimiento hecho a Limantour.
Reelecto una vez más, designó al mismo gabinete, excepto en la secretaría de Guerra, donde nombró a Bernardo Reyes, en 1900, a la muerte del general Felipe Berriozábal. La presencia del general Reyes era una importante modificación en el gabinete, ya que éste había adquirido fama de eficiente y capaz. N o pertenecía al grupo de los "científicos" y desde el inicio se convirtió en su rival. El prestigio que había ganado lo presentó como un serio rival de Limantour para la presidencia. Con la participación de Reyes en el gabinete, Díaz quería balan­cear la influencia de los "científicos". En su nuevo cargo, Reyes mejoró el salario del ejército, formó la Segunda Reserva en la cual impartían instrucción militar a todos los que deseaban recibida, integrando así un nuevo cuerpo de ejército sumamente numerosos. Durante su administración, en 1902, el gobierno porfirista concluyó de aplastar la rebelión de los mayas en Yucatán y Quintana Roo; esto reforzó el prestigio de Reyes.
A los ojos del pueblo, Reyes se presentaba como el adversario más poderoso de los científicos, que eran sumamente odiados por la población. Díaz aprovecho esta circunstancia para enfrentar a los "científicos" y los “reyistas”. Ambos grupos se desgastaron y desprestigiaron mediante una sucia y terrible guerra periodística. Los "científicos" encabezados por Limantour lograron que salieran del gabinete Baranda y Reyes, pero se alejaron de la posibilidad de ocupar la presidencia. Sacando ventaja de la pugna entre "científicos" y "reyistas", Díaz preparó su quinta reelección. No obstante, no podía ignorar que su edad era ya un obstáculo para su reelección indefinida. De esto también eran concientes los empresarios nacionales y extranjeros y los "científicos". Preocupados por la situación que podría crearse ante la ausencia del presidente Díaz, decidieron apoyarlo una vez más, pero con dos condiciones: la creación de la vicepresi­dencia para sustituido en la eventualidad de que muriera, y la prolongación del mandato presidencial a seis años, considerando que sería la última reelec­ción del oaxaqueño. Ramón Corral, con el apoyo del grupo "científico" fue designado para la vicepresidencia.
La Evolución Económica Y Social
Durante las tres décadas dominó la escena política Porfirio Díaz, el país experimentó transformaciones económicas y sociales muy importantes. La población aumento notablemente.
VÍAS DE COMUNICACIÓN. Caracterizó al régimen porfirista su impulso a las vías de comunicación, especialmente los ferrocarriles. El mismo crecimiento vertiginoso tuvieron los telégrafos. En ambos casos, eran compañías extranjeras las que monopolizaban el servicio. Por lo que toca a los ferrocarriles, el gobierno mexicano se convirtió en el dueño de ellos en 1907, cuando compró la mayor parte de las acciones en un afán de debilitar al grupo de Rockefeller.­
Los ferrocarriles jugaron un papel fundamental en el porfiriato. Contribuyeron a romper el aislamiento tradicional de los principales centros comerciales y productores y los integraron en un mercado nacional y, para algunos productos, internacional; propiciaron la movilidad de la población; y contribuyeron a conservar el orden social mediante el rápido translado de tropas para reprimir las sublevaciones populares.
DESARROLLO AGRÍCOLA. Las leyes de colonización y de terrenos baldíos de 1893 propiciaron el despojo de las tierras de los pueblos y las comunidades campesinas. La inmensa mayoría de estas tierras pertenecía a las comunidades indígenas que fueron despojadas brutalmente y en forma ilegal, pues muchas veces sus títulos, otorgados por la corona española, no fueron respetados, y cuando no tenían en orden sus papeles sobre la tierra, con mayor razón eran saqueados.
En 1889 y 1890 nuevas leyes suprimieron la propiedad colectiva e insistie­ron en el establecimiento de la propiedad priva de las tierras de los pueblos. Con ellas se aceleró el despojo de los campesinos.
Las leyes de aguas contribuyeron desde 1888 a fortalecer el poderío de los latifundistas. Obteniendo concesiones del gobierno sobre una corriente de agua, el individuo o la empresa podían controlar extensas regiones hidrográ­ficas. Para completar el panorama del latifundismo en 1910, apuntamos que 880 mil kilómetros cuadrados, casi la mitad del territorio nacional, estaban en manos de 11 mil hacendados. Varios poseían latifundios mayores que algunos países europeos.
Gigantescas extensiones de tierra estaban en manos de latifundistas y compañías extranjeras, la mayoría norteamericanas, más de 40 millones de hectáreas, 22% de la superficie nacional, incluso en la frontera donde estaba prohibido por la ley que tuvieran propiedades los extranjeros.
Frente a un puñado de latifundistas, que no llegaba a 12 mil, se alzaban 70 mil comunidades rurales donde habitaban 2 millones de aparceros y 1.5 millón de acasillados. EI 96% de la población rural estaba integrado por peones. Los
pueblos y las comunidades poseían el 1% de la superficie cultivable. Hacia 1910 el 90% de las familias campesinas carecía de tierra. Apenas 15% de las comunidades conservaban algo de su tierra. El 90% de las comunidades del altiplano central, la región más densamente poblada, carecía de terrenos de cultivo.
Las condiciones de vida y de trabajo de los peones de las haciendas eran pésimas. Los peones eran obligados a endeudarse, por diversos medios, con el latifundista. Una vez adquirida una deuda, el peón tenía que trabajar en la hacienda hasta cubrir su importe. En la hacienda existía la tienda de raya donde se entregaban artículos de consumo indispensable al peón y se le anotaba en el libro su costo, obviamente aumentado para impedir que la deuda fuera pagada. Las deudas se heredaban de padres a hijos. De esa forma el hacendado garantizaba la mano de obra para las labores. Existían dos tipos de peones: los que residían permanentemente en la hacienda eran los acasillados y los eventuales que laboraban por temporadas. Muchos de estos últimos alquilaban parcelas de tierras de mala calidad de la hacienda para cultivadas y se conver­tían en aparceros, las más de las veces endeudados con la haciendas.
Los peones eran víctimas de castigos corporales, malos tratos, jornadas de trabajo agotadoras, pésimos salarios, incremento arbitrario de sus deudas, incluso había haciendas donde existían cárceles particulares para castigar a los peones. Se perseguía a los trabajadores que huían de la hacienda sin cubrir el importe de su deuda. Para ello, los cuerpos represivos del campo: rurales, acordada, ejército, policía, etc., estaban a la disposición del latifundista que, además, disponía de sus propias fuerzas represivas: las guardias blancas.
La opresión sobre los peones variaba según la región. En el norte del país, por el contacto con la economía norteamericana, por la menor existencia de formas precapitalistas de explotación, por el menor número de comunidades indígenas, por la movilidad de la mano de obra que podía emigrar a Estados Unidos, por la existencia de otras actividades: minería, .industria, etc., la situación de los peones era un poco mejor que en el centro y, sobre todo, que en el sur. En esta región, el aislamiento, la ausencia de otras actividades productivas, la tradición de explotación inclemente sobre los campesinos indígenas, provocó una situación más opresiva.
Durante el porfirismo se incrementó rápidamente y en forma elevada la producción de cultivos de exportación. El caso del henequén fue relevante. De este agave se obtiene una fibra dura que servía para fabricar hilos y cordeles utilizados para engavillar en los países industriales. Los hacendados yucatecos, conocidos como la "casta divina", controlaban la producción y venta del henequén. Olegario Molina, ministro de Fomento en los últimos gabinetes de Díaz, era uno de los principales productores. Aunque tenían buena parte del control de la producción de henequén los latifundistas yucatecos, la verdad es que sus ligas con los monopolios norteamericanos de McCormick, presidente de la International Harvester, que controlaban el mercado, eran muy fuertes. En las haciendas henequeneras la explotación de los campesinos mayas y de los rebeldes yaquis adquiría las manifestaciones más brutales. Gracias a la demanda internacional, la producción henequenera creció 11 veces en los primeros 30 años del porfirismo, aunque al final del régimen haya encontrado un mercado en crisis.
Aumentó rápidamente la producción para el exterior de chicle, caucho, café, algodón, azúcar, garbanzo, vainilla, cacao y plantas tintóreas y Oleaginosas.

Buena parte de la producción agrícola era controlada por compañías extranjeras: el caucho, el chicle, el garbanzo, la explotación maderera entre otros cultivos.
En cambio, la producción agrícola destinada al consumo interno se mantuvo estancada, a pesar del aumento de la población. El maíz sufrió altibajos y se vio afectado por los efectos del clima. Hubo momentos en que el gobierno se vio obligado a importar maíz para cubrir el consumo nacional, ya que los hacendados preferían cultivar productos de expor­tación que les dejaban más ganancias. Otro tanto sucedió con el fríjol. El resultado fue que la producción per capita de maíz se redujera en 50% y la de fríjol en 75 %.
MINERÍA. Uno de los principales campos de inversión extranjera fue la minería, a ella se destinaba la cuarta parte de su total. La importancia de esta rama de la economía fue tal que "de las 943 empresas establecidas hasta 1906, 310 eran mineras fundidoras; su capital representaba el 20.8% de todas las inversiones".
Hasta 1891-92 se explotó fundamentalmente los metales preciosos: oro y plata; pero a partir de esta fecha fue creciendo la extracción de minerales industriales como cobre, plomo, antimonio, zinc y mercurio. La producción de metales preciosos se multiplicó por cuatro durante el porfirismo; pero aumen­tó más rápido la de cobre, plomo y zinc, que representaban la tercera parte del valor de la producción total al final del porfirismo.
La construcción de ferrocarriles, las leyes de fomento a la minería y el apoyo gubernamental de todo tipo, estimularon el crecimiento de la inversión extranjera en la minería, que quedó controlada por los monopolios: de las 31 compañías mineras más importantes, los norteamericanos poseían 17 y man­tenían el 81% del capital total de la industria; lo seguía el capital inglés con 10 compañías y 14.5% del capital total.
La minería era muy sensible a los efectos de las crisis externas y se veía afectada por los altibajos de la demanda mundial. Esto fue particularmente claro en el caso de la plata. Siendo la base de la moneda mexicana, conforme aumentaba su producción mundial y se imponía el patrón oro, o sea el respaldo en oro de las principales monedas del mundo, el precio de la plata disminuía. Esto tuvo un efecto negativo en la economía mexicana y en la moneda del país que se devaluaba cada vez que el precio de la plata disminuía.
PETRÓLEO. En marzo de 1901 se inició la explotación petrolera en México. La pionera fue la Mexican Petroleum Company fundada por Edward Doheny el "rey del petróleo", que empezó explotando los campos de El Ebano, región cercana a Tampico. Más tarde, en 1905, se creó una filial, de triste memoria por los atropellos a que sometió a la población y al país, la Huasteca Petroleum Company. Doheny monopolizó la producción de petróleo, combustible fun­damental, empleado entonces en las locomotoras y, desde luego, en los moto­res de combustión interna.
La riqueza de los pozos petroleros mexicanos se hizo legendaria: el 11 de septiembre de 1910 brotó el pozo Casiano 7 que produjo 75 millones de barriles; el 23 de diciembre brotó el Potrero del Llano 4, durante 28 años rindió 117 millones de barriles; el 21 de febrero de 1914 principió a fluir el Zurita 3, que durante 14 años dio 21 millones de barriles a la Sinclair. El Cerro Azul dio a la Huasteca Company 84 millones de barriles de 1916 a 1937.
Conforme a la ley de 1901 a las empresas petroleras se les permitió expropiar los terrenos baldíos y nacionales comprendidos en la llamada Faja de Oro, de Tamaulipas y Veracruz, liberándolas de impuestos. Sólo debían pagar el pequeño del timbre, un 7% de sus ganancias líquidas a la Tesorería General de la Nación y un 3% al estado de Veracruz. De hecho se les regalaron las tierras costeras del Golfo de México. Pearson nunca pagó el impuesto del 10% convenido ni los derechos de importación y exportación a que lo dispen­saba el contrato por más de 20 años.
Mientras que exportaba grandes cantidades de petróleo, al mismo tiempo México era importador de los productos derivados de él. Algunas zonas petroleras conocían cierta derrama económica por las actividades petroleras, pero el resto del país no recibía ningún beneficio.
Además, la competencia entre las compañías petroleras por el control de los yacimientos se hizo presente en México. Era particularmente aguda entre las inglesas y las norteamericanas. Habiendo entrado primero éstas, Porfirio Díaz buscó equilibrar su influencia invitando a aquellas a participar en la explotación petrolera. Desde luego que éste fue un motivo de disgusto y confrontación de las compañías norteamericanas, especialmente la Standard Gil de Rockefeller, con el gobierno mexicano.
LA BANCA. Bajo la dictadura de Díaz los bancos crecieron en número, influencia y riquezas. Como en casi todos los sectores de la economía, la mayor parte de los propietarios bancarios eran extranjeros; para 1910 los intereses extranjeros po­seían el 80% del capital financiero. Era el capital francés el que dominaba esta actividad, poseía el 45.7% del capital de los 52 bancos principales y controlaban las tres instituciones financiera más importantes: el Banco Nacional de México, el Banco Central Mexicano y el Banco de Londres y México.
Siendo Limantour Secretario de Hacienda, se promulgo la Ley General de Instituciones de Crédito en 1897. Conforme a ella, se creaban tres tipos de instituciones bancarias: de emisión, autorizados por el gobierno para emitir billetes; refaccionarías, autorizadas para otorgar créditos; e hipotecarias, que realizarían operaciones de hipoteca sobre las propiedades inmuebles.
INDUSTRIA. Varios factores favorecieron al desarrollo industrial durante el porfirismo: la construcción de los ferrocarriles, la creación de un mercado interno más amplio e integrado, el crecimiento demográfico y la inversión extranjera. Hasta 1890 se basaba fundamentalmente en talleres manufactureros y artesanos más o menos grandes, que empleaban métodos manuales y artesanales de produc­ción. A partir de 1890, la presencia de grandes compañías extranjeras, dotadas de maquinaria, técnicas de producción y administración modernas le dieron un empuje más decidido.
Crecieron en forma importante las industrias de bienes de consumo: textil, calzado, peletería, bebidas, papel, vitivinícola, azúcar, alimenticia.

Con el crecimiento industrial en ciudades como México, Puebla, Orizaba, Monterrey, Guadalajara, se inició la aparición del proletariado indus­trial, producto de la industria moderna. Se Integraba por peones llegados del medio rural o por artesanos provenientes de los talleres arruinados por la competencia de la gran industria.
La situación de los trabajadores era mala. Sin defensa frente a los abusos patronales, estaban sujetos a maltratos, castigos, descuentos y despidos arbitrarios. Su jornada era de sol a sol y los salarios muy bajos. No tenían sindicatos, ni prestaciones, ni derechos laborales. Al igual que en las haciendas, existían tiendas de raya en las fábricas. No había descanso semanal, ni días festivos, ni seguridad social, ni ayuda por enfermedad; mucho menos podía pensarse en vacaciones o pago de horas extras. Participaba un número elevado de mujeres en el trabajo fabril, una tercera parte del total; también había un 12% de niños. Se calcula que para 1910 los obreros fabriles eran alrededor de 60 mil. Entre ellos empezaron a difundirse teorías mutualistas y de un socialismo anarquista.
La mayor parte del capital extranjero invertido en la industria era el Francés: 53.2% del capital total, colocado sobre todo en textiles y controlaba 14 de las 26 empresas industriales más grandes e importantes del país. Le seguían Alemania, Estados Unidos, e Inglaterra.
No puede, sin embargo, despreciarse la importancia del capital nacional en la industria. Llegó a alcanzar el 70%, seguramente considerando la inversión en talleres artesanales y manufactureros. Buena parte de las industrias cervecera, azucarera, siderúrgica, y textil, estaban en manos de mexicanos.
El grupo Monterrey, importante conjunto de fábricas (cervecera, vidriera y siderúrgica), tiene sus orígenes en las entrañas profundas del porfirismo. En alianza con este régimen se desarrolló una buena parte de la burguesía industrial mexicana. Todos estos elementos influyeron para que México fuera el país más industrializado de América latina en 1910.
A partir de los años 1906-1907 la industria se ve afectada por una serie de crisis, pero fundamentalmente por la decadencia de sistema porfirista.
Movimientos Sociales
Orientado como estaba a favorecer al capital y su fortalecimiento, el régimen porfirista gobernó para un reducido grupo de empresarios y terrate­nientes nacionales y extranjeros. De ahí su caracterización como un régimen oligárquico. El Estado porfirista no respondía en forma positiva a 1as demandas populares. Al contrario, ejercía la más violenta represión contra las acciones de lucha de las masas campesinas, obreras y pequeño burguesas. Durante todo el porfirismo hubo movimientos de resistencia, en su mayoría locales, aunque expresaban un malestar generalizado.
Es cierto que hubo momentos en que los conflictos sociales disminuían, pero más adelante regre­saban en forma exacerbada ya que las cuestiones de fondo nunca tenían una respuesta favorable para los trabajadores. De esta manera, la presión social fue creciendo y los enfrentamientos aumentando de violencia y de número.
Las demandas de los trabajadores durante todo el porfirismo iban orien­tadas a mejorar sus condiciones de trabajo, aumentar salarios, reducir la jornada de trabajo, obtener el pago de días festivos y otras prestaciones. Asimismo, había una queja permanente contra las pésimas habitaciones que proporcionaban las empresas y su elevado alquiler. De aquella época son la gran huelga de los trabajadores de la fábrica Hércules en Querétaro, duramen­te reprimida, la de los tipógrafos de la imprenta del gobierno de México y las de los mineros de El Rosario en Sinaloa.
Porfirio Díaz tuvo una política doble frente a estas primeras organizaciones obreras. Busco controlarlas y corromper a los dirigentes. A los grupos más moderados les entregaba apoyo económico y a aquellos que no aceptaban el cohecho, normalmente los más radicales, los reprimía. De esta manera disminuyó su influencia y para la década de los noventa había dismi­nuido mucho su actividad.
Las condiciones de trabajo en las fábricas, minas, campos petroleros, ferrocarriles, de propiedad extranjera, eran tan malas como en las fábricas propiedad de nacionales, pero añadían la discriminación racial. Como reacción, entre los obreros se despertó una conciencia nacionalista, como una forma de oponerse a la discriminación aunque eran sometidos por los monopolios extranjeros. Una exigencia generalizada era que los obreros mexicanos tuvieran las mismas ventajas de que disfrutaban los- extranjeros.
El arma a la que más recurrieron los obreros para presionar en busca de una
solución favorable a sus demandas fue la huelga. Aunque estaban prohibidas todo tipo de huelgas, de 1881 a 1911 ocurrieron unas 250. Desde 1905 la situación de los trabajadores se agravó y el número de huelgas aumentó. Sólo en 1907 hubo 25 huelgas de gran envergadura en la República. La mitad de ellas en el Distrito Federal, le siguieron Veracruz y Puebla.Destacan las huelgas de Cananea en 1906 y Río Blanco en 1907: En Cananea, la mina era propiedad de la Cananea Consolidated Copper Com­pany, propiedad de William C. Greene. La mina era una de las más importantes productoras de cobre, mineral que se exportaba en su mayor parte y que había adquirido gran importancia con el desarrollo de la electricidad.
Laboraban entre 4 y 5 mil obreros. Allí, la mecha que encendió la bomba fue la situación privilegiada de los trabajadores norteamericanos frente a los mexicanos. Mien­tras éstos realizaban los trabajos más pesados y recibían tres pesos diarios en moneda nacional; aquellos realizaban labores menos pesadas y recibían 5 pesos en oro. Los mineros fueron agredidos por dos hermanos norteamericanos, los Metcalf; respondieron el ataque y murieron ambos hermanos. Para reprimir a los trabajadores, el gobernador de Sonora, Rafael Izábal, y William C. Greene, trajeron cerca de 300 “rangers” bien armados de Estados Unidos. En unión con los esbirros de la empresa reprimieron a tiros a los trabajadores matando alrededor de 30. A pesar de la resistencia los obreros fueron vencidos, y los líderes del movimiento, entre ellos Baca Calderón y Diéguez, condenados a 15 años de cárcel en el castillo de San Juan de Ulúa.
 

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